Javier Sampedro 1 SEP 2012 – 18:53 CET
Si alguna asociación de la prensa diera un premio a la mejor ocurrencia del verano, el de este año solo podría recaer en Todd Akin, el congresista republicano por Misuri que alcanzó notoriedad el pasado 19 de agosto con su invención de una “violación legítima” que rara vez deja preñada a la víctima. Por “legítima” no debe entenderse “aceptable” —ni el congresista Akin llegaría a tanto—, sino “propiamente dicha”, por oposición a una violación aparente, ficticia o fingida, en que la mujer ha consentido, en el fondo, y que por eso produce embarazos. Un estofado de fantasías que, en realidad, no debería escandalizar a nadie a estas alturas.
La ocurrencia del congresista Akin no es más que el último ejemplo de una venerable tradición anticientífica de la derecha cristiana de Estados Unidos, el influyente sector ultramontano del Partido Republicano. Cuando la ciencia no se aviene a su doctrina, despliegan una apabullante artillería de pseudoverdades, falsedades propiamente dichas, interpretaciones sesgadas y sofismas descarados para negar, refutar o desacreditar la ciencia.
