Una enfermedad nunca es tan solo una enfermedad. Nos habla de desigualdades y de quiebras, y también de pasiones. El virus del Zika, desde que fue asociado con la microcefalia, ha revuelto las profundidades del pantano en el que la sociedad brasileña esconde sus prejuicios y totalitarismos, que muchas veces trae a la superficie cubiertos por una máscara de virtud. De esta materia hirviente está compuesto el debate sobre el permiso para abortar en casos de microcefalia. Ante la crisis de salud revelada por el Aedes brasilis, como ya se le ha llamado, de forma tan oportuna, al mosquito vector, el futuro próximo depende de que seamos capaces de pensar, incluso si esto significa chamuscarse las manos. Pensar y conversar, lo que implica vestir la piel del otro antes de salir repitiendo los viejos clichés utilizados como escudos contra los cambios. Si no somos capaces de superar el comportamiento de los hinchas del fútbol, ni siquiera ante una epidemia considerada una “emergencia global”, el mosquito es el más pequeño de nuestros problemas.
